Reconociendo el sendero donde entraron aztecas y españoles a Oaxaca

Las vueltas contadas del Río de las Vueltas

Por Susanne Brass

La fuente inspiradora

   En el libro de “Historia de Oaxaca”, escrita  en 1881 por José Antonio Gay, hay un párrafo que sugiere deseos de salir a conocer. En la página 98 dice:

   “Bien resguardado por sus montañas el valle de Oaxaca, para llegar a él un ejército invasor tendría que seguir uno de los caminos que han abierto por un lado el Río de Vueltas y por otro el de San Antonio (…) El primero de estos ríos lleva ese nombre de la dirección de sus aguas, que corriendo entre dos montañas que se tocan por su base, tienen que variar su curso continuamente al chocar ya contra una ya contra otra. Las dos montañas se elevan casi perpendicularmente a gran altura por ambos lados, y el río forma una línea serpental de cuatro leguas, debiendo cruzarse ciento sesenta y tres veces para salvar el paso, sin contar con otros obstáculos de ningún modo despreciables que deben superarse.”

   ¿Y qué tal si vamos?… ¿Cuánto nos tardaríamos… un día, dos…? Vemos el mapa: Hacía el noroeste de la capital de Oaxaca, por la carretera que va a Cuicatlán, bajando a la Cañada, queda a mano derecha Santiago Dominguillo, un poco antes de llegar a San José del Chilar. Lo ancho de un dedo pulgar separa a este pueblo de Zoquiápam más al sur y una línea sinuosa los une. Esta línea es el “Río de las Vueltas”. Alrededor sólo el verde que en el mapa representa bosque o monte… ¿Llevaríamos algo a comer?

 

   Ya era una hora avanzada cuando salimos. A las tres de la tarde, en la Central de abastos, buscamos qué transporte nos aliviaría del caos urbano de la ciudad. Los colectivos no iban hasta donde queríamos llegar, así tomamos un microbús a Telixtlahuaca que avanzó por las riberas del río Atoyac haciendo parada en cada esquina. No importa. Después de la entrada principal a Huitzo nos bajamos en la desviación a Jayacatlán. Un camión que sale de Etla nos alcanzó al rato, sentados bajo de un árbol con algunas personas más, igual esperando. Ellos ya sabían: a las cuatro sale éste de Etla, el último para hoy. Cuando dio vuelta con su aspecto de “guajolotero” gastado ya estábamos lejos del comercio y del bullicio de la ciudad y la entrega en “que suceda, lo que suceda” se iba ensanchando. En fin.

 

Aguas serenas – la tarde

   El sol de la tarde acompaña a los viajeros iluminando el paisaje con luz cálida, algunos durmiendo, otros pegados en la ventana. Subimos lentamente hasta casi 3000 metros sobre el nivel del mar, por Joyas de Río Blanco. Al ascender a la sierra todavía se ve cerca el cerro de la Campana -allí abajo- poco a poco perdiéndose entre las curvas que el chofer va tomando sin temor. Un poco más adelante sólo se ve bosque por donde quiera, montañas verdes,… ¿cuánto tiempo estamos así? ¿Una hora…? La sombra entre los cerros se extiende, empezamos a bajar, entramos a la frescura de la tarde hasta llegar al pueblo Jayacatlán. Aquí se queda el camión. Falta poco para que oscurezca. Continuamos nuestra ruta a pie y nos detenemos en una tienda, sólo a comprar pan y botes de agua; y de una vez tomamos la ruta del río que nos va a acompañar a partir de ahora. Es la hora entre dos luces y nos encontramos con los últimos señores que regresan del campo a casa, vienen a caballo, seguidos por sus perros. Nos regalan un saludo, tal vez se asombren y se pregunten: ¿A dónde irán estos caminantes a esta hora? No preguntan. La noche cae de pronto, el primer campamento se hace con luz de lámpara en plena oscuridad. Algo asustados por nuestro propio descuido escuchamos al silencio: perros, voces de lejos, una fogata se distingue entre arbustos (¿jóvenes cuidando a los chivos…?), agarramos confianza y lo hacemos igual: Calentamos café, abrimos una lata de atún.

 

Aguas bajitas – la primera mañana

    La luz de la mañana despierta a uno temprano, se oye a los chivos pasando cerca. Parece que estamos a un lado del camino y nos orientamos de nuevo con la luz del día. ¿Por dónde? Vamos rumbo a la comunidad de “La Unión”, en nuestro mapa está marcado un sitio arqueológico. El sol está intenso, pero un aire fresco ameniza la caminata por el valle. Todavía está ancho por aquí con siembras de maíz, frijol, árboles de mango, flores amarillas silvestres. Las montañas por ambos lados hacen presencia. De repente magueyes, un pochote. Candelabros y órganos dentro del verde de los árboles como sacados de otro lugar. La naturaleza quiere dar una muestra de todo lo que tiene a ofrecer, así parece. El río se explaya, se toma su espacio, bajito todavía, se deja cruzar brincando sobre sus piedras. Un cauce seco viene del lado izquierdo y recuerda de un río enorme que debe haber existido o ¿en épocas de lluvia? Se hizo camino comiendo las piedras con toda su fuerza, la roca por sus orillas, y se iba juntando con el Río de las Vueltas. En conjunto han buscado un desvío alrededor de un cerro por donde suponemos es el sitio arqueológico. El camino sube y deja al río con su excursión abajo. Buscamos el rumbo y distinguimos una formación de cerro que no parece de origen natural. Varios intentos de cruzar una pequeña barranca o cortar el camino terminan entre los arbustos espinosos… ¿uña de gato? Tal vez el calor del medio día nos hace acompañar a un señor que va con paso tendido hacia La Unión. “Sí, por allí está algo, pero no hay nada” nos dice afablemente. Más adelante vemos una desviación del camino directo al mogote (para la próxima, pensamos…), pero ya quedó atrás. Al entrar por la comunidad, tomamos agua de una llave, el pueblo es pequeño, más bien es un pequeño asentamiento, hay casas distribuidas por el cerro, sólo las veredas las unen. Continuamos nuestra marcha y sigue otra vez la bajada para encontrarnos de nuevo con el río. Hace calor. Vemos a campesinos sentados silenciosamente en la sombra de los árboles, niñas que llevan bolsas de comida.

Aguas corrientes – el mediodía

   El siguiente pueblo es Atatlahuca. “En la lengua cuicateca… quiere decir Aguas corrientes entre quebradas…”  Está rodeado por cerros con formaciones puntiagudas y cultivos abundantes. Francisco de la Mezquita, corregidor en el año 1580, anotó sus observaciones: “…azia un lado del dicho pueblo pasa el rrio; de suerte que ba por medio destas dos serranias: ba a dar al rrio de Cuicatlan y de alli al de Aluarado, que uno y el otro ba a dar a la mar del norte: lleua siempre cantidad de agua, aunque en partes del ba hondo en tienpo de aguas porque se suelen coxer en el algunas truchas, aunque pequeñas…”

 

   Entramos a la quietud de un pueblo con el calor de la una de la tarde. Unos niños juegan en la alameda y son las únicas personas visibles. Preguntamos si alguien vende comida y el mayor nos manda con Doña Rosa…”derecho, a la derecha, arriba, a la izquierda, a la derecha”. Pasamos por una iglesia que con sus contrafuertes enormes parece ser preparada para los terremotos más estremecedores, “…en todos estos pueblos ay Iglesias cubiertas de paxa donde se les dize misa y se administran los Sacramentos a los naturales dellos…” sorprende un reloj que entona cada quince minutos la melodía del Big Ben de Londres, “…el pueblo Atlatlaucca, aunque corregimiento por sí, es de la xuridicion y alcaldía mayor de Guaxaca. Tiene este pueblo otros seis poblezuelos que le son suxetos…”.

 

   Buscando a Doña Rosa nos subimos por las casas pegadas por el cerro, “…ay leones en los montes y coyotes, que son como rraposos; ay benados, liebres, conexos, codornices y cueruos y gallinas y gallos monteses y palomas y tortolas y diversos paxaros pequeños; ay viboras y culebras y diversos generos de lagartixas…” pero con muchas disculpas no hay comida hoy. Así salimos del pueblo con una bolsa de pan dulce y dos refrescos, nos sentamos a un lado de las vacas y miramos este lugar: “El sitio de Atlatlaucca parece sano, aunques caliente mas que frio…” dice la fuente del siglo XVI. Parecen estar contentos con lo que tienen, tranquilos: tierra fértil, un paisaje encantador, las cosas se hacen pausadamente y según avanza el reloj del campanario se levanta su voz firme por ese pequeño valle que todo va bien.

Aguas sinuosas – la segunda tarde

   El clima cambia. Un viento fuerte levanta polvo y hojas secas y nos sopla esta mezcla en la cara. El cielo se cubre de nubes grises y la vegetación ofrece todo tipo de cactus. Por segunda ocasión vemos una cruz al lado del camino que parece señalar la llegada de otro pueblo. Dos brazos salen del concreto como si alguien estuviera empotrado allí dentro…, rogando o queriendo abrazar al mundo… esta luz y el aire le dan a la tarde su propio encanto surreal. Bajo la tentación de lluvia llegamos a Zoquiápam, el lugar por donde el Río de las Vueltas inicia dar la razón a su nombre. Aquí entramos a comer, en la casa donde dan asistencia a los maestros. Con una niña, la madre, la abuela y el perro, escuchamos todos los detalles de la caminata que nos espera con sus respectivas recomendaciones y advertencias. Mejor que nos quedáramos en el pueblo, nos aconsejaron, porque ya está por atardecer y hay culebras y “está muy feo por allí”. Ya no hay por donde acampar porque por la orilla del río sólo hay vegetación y rocas. La madre nos cuenta como tenía que subir con su esposo y el niño enfermo por el cerro para llegar a San Francisco Cotahuixtla caminando durante toda la noche, un recuerdo como una pesadilla “nunca jamás otra vez”… (claro)…, pero aún así, la idea de regresar tan pronto a un cuarto con luz eléctrica nos hace decidir a aprovechar la luz del día y partir. Nos cobran caro, pero la despedida es de abrazos y buenos deseos. Bajamos al río. Ahora sin valle que lo rodea, se está preparando a pasar por un estrecho de rocas durante “cuatro leguas”.  El obispo Fray Bernardo de Alburquerque , obispo de Oaxaca en el siglo XVI, explicó: “La legua es la medida itineraria; equivalía a tres mil pasos, cada paso de cinco tercias de vara, es decir, cuatro kilómetros y medio. La legua era “larga” o “corta” según la dificultad del camino que podía impedir que los pasos tuvieran su longitud normal y, por lo tanto, para cubrir una legua se requerían más pasos.”

   Otra vez nos encontramos con algunos señores de regreso, a caballo y armados. Va adelante un burro que lleva dos venados muertos amarrados por ambos lados de su cuerpo. Discretamente gotea algo de sangre sobre el camino. “Es nuestra carne más decente,” dice el cazador. Preguntamos y confirmamos la ruta. La primera meta va a ser La Raya, un punto donde el río se une con el Río Helado y (más o menos) por donde queda el límite municipal con Santiago Dominguillo. Más adelante aparecen otros señores que vuelven a sus casas. “Después de la Raya es más difícil de caminar, porque ellos (los de Dominguillo) no hacen nada de limpieza”. Todos se detienen y nos explican desde la silla de montar, “pero está muy lejos para hoy”… “¿Como cuántas veces hay que cruzar el río?”… “¡Híjoles!…como cien veces.” Algunos nada más pasan saludando, “¡…que les vaya bien!”

   Avanzamos. Ya no a brincos, el río agarró profundidad. Es de quitar los zapatos, pasar, volver a ponérselos, caminar un rato por el otro lado y de nuevo quitar los zapatos…, hoy buscamos a tiempo por dónde pasar la noche, juntamos leña, nos bañamos ya oscureciendo. Caen algunas gotas de lluvia.

Aguas profundas – el segundo día

   La mañana sigue estando nublada, entre la sombra de las dos paredes rocosas no hay noción de tiempo. Sólo caminamos. Cruzamos descalzos, pisamos con cuidado, salimos, secamos los pies, ponemos los zapatos, los volvemos a quitar. Se hace hábito, inercia sin pensarlo, la toalla colgada por el cuello, un bastón tiene que ayudar para resistir contra la corriente, caballos nos observan comiendo entre carrizo, flores amarillas, carrizales floreando y algodón silvestre. El sol sale de nuevo, los zancudos nos acompañan, algunas vacas aparecen de repente y siempre algún señor cabalgando con rifle y su saludo atento. Todavía hay otra lata de atún, totopos, aguacate, manzanas. Huaraches serían buenos para “cruzar así nada más”, estos que se amarran bien para que no se los lleve el río. Contamos los cruces del río, pero luego perdemos la cuenta. ¿Treinta, cuarenta…? Caminamos todo el día, nos bañamos en unas hondonadas y seguimos, hasta que de nuevo empieza a oscurecer. Esta vez el cielo nocturno nos regala la luz de luna creciente que compite con las estrellas. Se oye al aullar de un perro. ¿Será un coyote? Todavía estamos entre montañas. (¿Vendrán a tomar agua?) Una noche más al lado del Río de las Vueltas. Se está volviendo familiar.

Aguas alegres – el tercer día

   La mañana es amable, cálida…, nada amenazante en estos días. Seguimos cruzando el río, ya parece de chiste, ¿son ciento sesenta veces?… no tanto, hay que checar luego las fuentes. Escuchamos risas, gritos, niños y salimos del estrecho cauce que forman los cerros rocosos, el río se explaya contento tomando de nuevo todo el valle. Una familia toma un baño cotorreando, pasamos como los reyes magos con nuestras mochilas hacia Santiago Dominguillo. Ya está cerca y nos cambiamos para aparentar más civilizados. Allí dejamos los bastones por la orilla del río. Llegando al pueblo una miscelánea nos ofrece una mesa y dos sillas en un rincón, semillas y cerveza. Con la segunda estamos ebrios.

De vuelta a casa – volviendo a la fuente

   En casa: José María de Murgía era más preciso: En 1861, veinte años antes de José Antonio Gay anotó: “El emperador Moctezuma,… trató y probó hacerse dueño de la nación mixtéca, y como conquistada esta, era consecuencia la de la nación zapotéca;… El rey zapotéco…mandó colectar gente con sus mejores y más esforzados capitanes,… y convocando a los vecinos de la otra sierra fronteriza,… dispusieron los capitanes esperar al ejército mexicano en la cañada llamada del Río de Vueltas, tan estrecha, que corriendo el mismo río por ella, están los cerros que forman tan inmediatamente uno a otro, que hacen al río dar ciento sesenta y dos variaciones en su curso, porque girando al Norte, y topando con la montaña, lo hace venir al Sur, y cuando encuentra la de este viento, vuelve al Norte, y así va y viene sobre una y otra, hasta que al Poniente, con inclinación más a la parte del Norte, se dividen los cerros, y entonces toma dirección recta cuanto cabe al curso de un río, y va buscando al grande de Cuicatlán en el que se incorpora.”

   Entonces sí, el río da sus ciento sesenta vueltas, de estas lleva su nombre. Pero si uno quiere acompañarlo en este paso por las montañas no será esta la cantidad de cruces. Tal vez sólo la tercera parte…, sin embargo son suficientes para entregarse, sentirlo, olerlo, escucharlo… y despedirse después de tres días agradecido de él.

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Acerca de ecochac

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3 respuestas a Reconociendo el sendero donde entraron aztecas y españoles a Oaxaca

  1. jesus hernandez hernandez dijo:

    EXELENTE RECORRIDO FELICIDADES ,SON LUGARES INCREIBLES Y MUY BONITOS.

  2. Claudio Sánchez dijo:

    Qué interesante aventura por una ruta llena de historia. Gracias!

  3. Eduardo Pimentel dijo:

    Excelente expedición… El río de Las Vueltas esta lleno de historia, pues por ahí caminaron Las fuerzas de Moctezuma II, Los héroes de la independencia encabezados por el ciervo de la Nación Don José Ma. Morelos y Pavón, ” Mariano Matamoros, Nicolas Bravo, Hermenegildo Galeana, Valerio Trujano, durante la invasión norteamericana fue el escondite perfecto para Antonio López de Santa Ana, en La reforma Liberales y conservadores, como Don Benito Juárez, Miramon, El general Porfirio Díaz y su hermeno Felix Díaz El Chato, quien dejo descendencia en esta región… etc. etc.. cuanta historia hasta nuestros días!

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